Premios y Distinciones

Revista ADN 13 de diciembre de 2010.

Entrevista: Una comunicadora polifacética

La TV, el arte y la cultura según Canela. ‘Colectivo Imaginario’ cumplió 400 emisiones en la señal TN

Casi una hazaña: su "Colectivo Imaginario" cumple 400 emisiones en un medio refractario a las noticias culturales; al mismo tiempo, presenta su libro de cuentos infantiles inspirados en cuadros famosos.

En estos días, Canela tiene al menos dos buenas razones para festejar: su programa cultural por el canal Todo Noticias cumple 400 emisiones, una rareza para la achatada televisión local, y al mismo tiempo la editorial Edhasa lanza su libro de grandes pintores para pequeños lectores, Cuentos y encuentros con diez pintores argentinos. Los diez pintores son Cándido López, Alfredo Gramajo Gutiérrez, Xul Solar, Emilio Pettoruti, Fortunato Lacámera, Antonio Berni, Juan Batlle Planas, Lidy Prati, Jorge de la Vega y Benito Quinquela Martín. De cada uno de ellos, la autora eligió una obra, y sobre cada obra escribió un cuento. Como apéndice, hay fichas biográficas, con datos sobre estilos y técnicas de cada artista y un glosario para que padres y maestros tengan a mano las respuestas para cualquier pregunta imprevista de los niños que recorren con ellos este libro de inspiración y colorido deslumbrantes.

Antes de seguir adelante, es imprescindible aclarar que, en realidad, Canela no se llama Canela, sino Gigliola Zecchin, y que así firma sus poemas para adultos, como el que reproducimos en estas páginas.

-¿Está contenta con el récord alcanzado por su programa cultural?
-Estoy asombrada de que nos hayamos mantenido en el aire durante tanto tiempo, siempre en el mismo canal. Yo había dado por terminado el ciclo El periodismo que viene . Ya no quería seguir haciéndolo: me había significado un esfuerzo muy grande, además, por ley ya no se permitían las pasantías de los extranjeros y ése era el premio en el programa. Venían alumnos avanzados de periodismo de toda América latina, en representación de sus universidades. Trabajaban en grupo y competían por una pasantía en la Capital. Había un jurado de periodistas y personas que representaban al público. Era muy interesante pero requería un esfuerzo sobrehumano de mi parte. Lo hice seis años, hasta fin de 2001. Mucha gente que está trabajando en TN ahora comenzó en ese programa. Yo digo que ahí, en ese ciclo, me recibí de periodista. Cuando terminé, fui a avisarle al canal que me iba. Me dijeron que no me podía ir y me preguntaron si no tenía otro proyecto. "Bueno -les dije-, déjenme hacer lo que tanto les pedí, un noticiero cultural." La palabra "cultura" los preocupaba un poco, pensando en términos de rating . Les prometí que esa palabra no iba a figurar en el nombre y que iba a disimular con todas mis fuerzas que estuviéramos hablando de cultura. Lo hicimos: me costó un par de semanas dar con el nombre que tiene. Lo aprobaron. Armé un pequeño equipo, que fue rotando, porque eran pasantes al principio, y aquí estamos, con un archivo no sé si importante pero sí muy vasto y bastante completo de quienes han hecho la cultura de estos últimos años. Tenemos cientos y cientos de entrevistas, y en el verano, como el canal disminuye la cantidad de técnicos, hacemos programas con entrevistas más largas: sólo una o dos figuras. Y nosotros también respiramos un poco, porque la cultura nos acosa. Los galgos de la cultura vienen atrás de nosotros.

-¿Por qué los acosan?
-Porque suceden tantas cosas en el campo cultural que todo el mundo necesita mostrar lo que hace, hablar de lo que ha editado. Entonces nuestra selección es un poco arbitraria: depende de los gustos y de la orientación del programa, que trata de balancear lo que está consagrado y lo que emerge, lo que surge de la pura casualidad; descubrir cosas. Ese balance es lo que le permite al programa ser lo que es, tener una especie de respiración interna. Contamos la historia de una cajera coreana de supermercado que hace objetos maravillosos de papel plegado y en el bloque siguiente Luis Felipe Noé nos habla de una muestra en el Bellas Artes. Después opinamos sobre el último premio Nobel de Literatura y enseguida aparece un chico de la Patagonia que edita su propia novela. Esto se redondea, al final, con una entrevista en vivo, con artistas de diferentes disciplinas. Viene gente de cine, vino Ricky Pashkus, ahora viene la cantante Lidia Borda. Es un concepto muy amplio de la cultura. Cuanto más nos sorprenda, mejor. Todo es cultura, pero al mismo tiempo hay un canon, los creadores de culto, los locos sueltos. Tratamos de sintetizar este espíritu con una gran instalación por mes. Son instalaciones que van modificando visualmente el programa. Ahora hay una de Mireya Baglietto. Hubo artistas de los más variados: instalaciones colectivas hechas con escombros, artistas textiles. El año pasado, ellos construyeron una especie de árbol pagano de Navidad con telas.

-¿Está contenta con el horario de los sábados a las 14.30?
-Habíamos arrancado a las seis de la tarde. Después me pasaron a la noche, cosa que me benefició, pero como en el canal avanzaron mucho el deporte y el rock, nosotros fuimos a la sobremesa, por decirlo de algún modo. Creo que es el tipo de programa que busca su audiencia, y la audiencia busca el programa. Ahora, como también se puede ver por Internet, el problema del horario es un poco menos importante. Nosotros tenemos un rating aceptable para la media del canal. Lo digo porque al canal le importa. No es que a mí no me importe: yo quiero que cada vez más gente vea el programa, pero para que lo aproveche, no para poder ufanarme del rating .

-¿Qué respuesta del público tiene?
-Una buena respuesta. Hay mensajes, pero no mandan mensajes si uno no les ofrece algo, ¿no? Entonces periódicamente ofrecemos diez libros de un autor que está presente, pero a cambio de que contesten algo. Qué es lo que más los impactó de lo que dijo, por ejemplo. Para hacerlos trabajar un poco. Hemos recibido desde cien hasta trescientos mensajes, que es mucho...

-¿Alguna entrevista especialmente recordable de estos ocho años?
-Me gustó mucho la que le hice a Marcos Aguinis, que en la mitad del reportaje se puso a llorar. Obviamente, no pusimos en el aire eso. Tengo una manera de entrevistar: trato de llevar a los escritores a su infancia, que es cuando normalmente nace la vocación, el deseo de cambiar el mundo con el arte. Le pedí a Aguinis que describiera el momento en que descubrió que ser judío era peligroso. Me dijo que era un tema del cual no se hablaba en su casa, en las sierras de Córdoba, hasta que un día su padre recibió una carta. Salió a leerla afuera y cuando entró, tenía los ojos llenos de lágrimas. Él nunca había visto llorar a su padre. La carta le decía que toda su familia europea había muerto. Entonces fue cuando asumió su condición de judío. En ese punto, se quebró y se largó a llorar en serio. A mí no me interesa mucho entrevistar a un autor sobre el tema del éxito, sino sobre lo que lo ha hecho llegar a ser lo que es. Me acuerdo de dos notas muy particulares: una con una maestra de titiriteros francesa que hacía títeres de hielo. Al terminar la obra, las figuras se habían derretido, habían perdido su forma, como en la vida. La otra fue la entrevista con un grupo de titiriteros del San Martín que habían hecho la historia de la humanidad con banditas elásticas. Era fantástico. Pero hubo muchas notas interesantes... Noé hablando de su muestra en Venecia, por ejemplo.

-A propósito de lo mucho que se define en la infancia, ¿cómo fue la suya?
-Creo que, como inmigrante, vine a hacer la América. ¿Qué era para mí hacer la América? Abandonar el pánico que la guerra nos había metido dentro, el ocultamiento en los sótanos por los bombardeos. Yo viví cuatro años en una caballeriza, en Vicenza, Italia, donde nací. Quería dejar atrás la miseria, el miedo a no tener qué comer al día siguiente. Y para eso había que tener éxito, darse a conocer, para que no te destruyeran. Mi propio nombre... Me llamo Gigliola, pero es impronunciable en castellano. Ahí está guardada mi verdadera identidad: una niña pobre, la décima hija de mis padres, sobreviviente de la guerra, en un sentido profundo. Llegué aquí a los diez años y me enamoró el castellano. Y también la Argentina: los espacios, la libertad de la pampa. Además pertenezco a una familia de hoteleros así que para nosotros alternar con la gente era muy normal. Conocí a Los Chalchaleros y a Los Fronterizos en el hotel que tenía mi familia en San Francisco, Córdoba, donde estábamos radicados cuando hice el secundario. Creo que lo que quise fue levantar cabeza... Además, siendo la más chica de diez hermanos, ni siquiera se acordaban de mi cumpleaños.

-Era la lucha por la vida.
-Claro, había que mostrarse. Un día me pararon arriba de la mesa para que recitara. Me paré y recité con todas mis fuerzas. Mi carrera fue un conjunto de casualidades. Estudié castellano en la Escuela Superior de Lenguas y de ahí pasé a la universidad. Estudié en Córdoba Letras Modernas casi hasta recibirme, hasta que Onganía cerró la facultad. Entonces vine a Buenos Aires, donde hice amigos que me ayudaron mucho. Mi primera guionista en la radio fue Laura Devetach. Mi profesor de literatura argentina fue Noé Jitrik. Tuve mucha suerte. Comencé a trabajar en el canal de la universidad. Después hice un programita de radio para chicos y un día me preguntaron si quería hacer televisión, porque me veían más joven que a la mayoría de mis colegas locutoras. Tenía mucho coraje.

-Además, una cara bonita.
-Sí, qué sé yo... Siempre fui la patito feo de mis hermanas. Yo tenía una hermana que era modelo, Vilma, de una belleza fantástica. Otra que era pelirroja y de ojos azules. Pero mi verdadera vocación, más que mostrarme, era la producción. A mí me encanta producir, generar algo de la nada. Así que empecé con los chicos, seguí con los programas femeninos y descubrí el periodismo social cuando hice Para crecer , con María Herrera Vegas y Clara Zappettini. Llegué a La luna de Canela con cierta madurez por todos los contactos que había tenido. Mario Grasso era mi director de imagen. Mucha gente me ayudó a crecer y además, seguí estudiando. Era muy estudiosa. Lectora, más que estudiosa. Muy lectora. En la revista que usaba para los programas de chicos, Il Corriere dei Piccoli , el autor de los cuentos era Gianni Rodari, que hoy es ensalzado por todo el mundo. Yo lo internalicé desde Italia... Sono nata a Vicenza.. . En el jardín de infantes nos llevaban a ver el Teatro del Paladio, el Olímpico, o, en San Antonio de Padua, la capilla con el Giotto. Mi mamá era una mujer que sólo fue hasta tercer grado, pero era sensible a lo bello. Cosía muy bien, nos vestía con buen gusto, nos decía que había que estar siempre bien presentado. Mi papá murió cuando yo era muy chiquita. Aquí vinimos donde estaban mis abuelos maternos, que tenían hoteles: uno en Mar del Plata y otro en Río Hondo. Mis hermanos comenzaron a trabajar con ellos. Después nos independizamos y nos fuimos a San Francisco. Por eso el país se me hizo ancho: Río Hondo, el norte, el sur... Dialogar con pasajeros, con artistas extranjeros era fácil. Y la otra cosa que me ayudó es que tengo un hermano mayor sacerdote, muy hábil para el dibujo. Nosotros en casa teníamos teatrillo de títeres, hacíamos coros a cuatro voces... No era un hogar de cultura, pero sí un hogar donde la cultura se tenía en cuenta.

-¿Confía en que un libro como el suyo, que habla de pintores, interese a los chicos de la generación de la computadora, de Bakugan y Ben 10 ?
-Hay un movimiento en este momento: llevan a los chicos a los museos, a ver pintura. Lo que me pareció interesante era ofrecer en un mismo libro una pequeña galería de artistas, con obras muy diferentes entre sí, y con eso una especie de juego, que son los cuentos, una entrada lúdica muy libre, y después trabajar de una manera más sobria y seria con las biografías y el glosario de los pintores. Mostrarles a los chicos cómo se puede llegar a ser un artista, hayas nacido donde hayas nacido. El caso de Quinquela, abandonado en las escaleras del hogar de expósitos. Cándido López, que perdió la mano con la que dibujaba y educó la otra. Alfredo Gramajo Gutiérrez, a quien lo único que le interesó dibujar eran las miserias y alegrías de su pueblo (Lugones lo llamaba "el pintor argentino"). Xul Solar, que llegó a ser el gran amigo e inspirador de Borges. No sé si les interesará a los niños: el chico siempre es un misterio. No es que no me importe la repercusión del libro pero lo que busco es la niña que tengo adentro, y ahí hay una pista... Me parece que ver expresiones tan variadas les permitirá a los chicos entender que las posibilidades del arte son infinitas.

Por Hugo Caligaris
Fuente: ADN Cultura
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